¿Se han dado cuenta que desde hace unos meses en la televisión, en la radio, en las revistas, en la web y en toda clase de medio de comunicación se ha desatado una suerte de soltadura de trenzas y que el tema de moda es “La sexualidad de los chilenos”? La variedad es enorme y va desde horóscopos de compatibilidad sexual (occidentales, chinos, taróticos, tántricos, herméticos, mayas…) hasta aplicaciones vibradoras orgásmicas para smartphones, pasando por estudios de revistas femeninas que indagan si los hombres chilenos son buenos amantes o si las chilenas son más inteligentemente infieles, sex-shops con catálogos de juguetes sexuales de múltiples colores y formas para heteros, gays, lesbianas, y scrabbles sexuales, ludos sexuales, twisters sexuales, memorices sexuales… En fin, la oferta es infinita y la mayoría de las veces pareciera que El Paraíso está a dos clicks y un tarjetazo de distancia.
Es muy atractivo tener acceso a todo ese placer, al juego, a la novedad, al experimento, pero en este boom impresiona la liviandad y la torpeza bobalicona con que se abordan los temas. Cansa, aburre, resta gracia y, de paso, anula el erotismo. Todo queda convertido en moda y pelotudismo ambiente. Aclaro que me parece muy bien hablar de sexo, que por algo hay que empezar, que la liviandad también es entretenida, válida y necesaria, que no hago un juicio de valor al respecto y mucho menos una apología barata del sexo reproductivo y/o con amor como única vía. Pero me preocupa y me aburre el exceso de información y la falta absoluta de formación.
En Chile no hay educación sexual en los colegios, todos los programas propuestos en ese sentido han sido vetados y censurados una y otra vez. En la casa tampoco. Las mamás y los papás no hablan de sexualidad con los hijos, simplemente porque no saben cómo hacerlo: ellos también aprendieron solos. Conozco a tantas y tantos que aprendieron en el ruedo, que nunca tuvieron interlocutores que los validaran, guiaran y respetaran como seres sexuales y ahora pagan frustraciones, soledades y sensaciones de fracaso en consultas de siquiatras y pastillitas con estrella verde.
En Chile la sexualidad sigue siendo tabú, pero el sexo vende más que nunca. No hay que ser especialista para darse cuenta de que la educación sexual que como país estamos dando a nuestros hijos es absolutamente confusa y enfermiza; fornicar, consumir sexo y reproducirse; pero ni hablar del aborto, ni de educación sexual en los colegios, ni de condones, ni de anticoncepción. Chile los autoriza sin educarlos ni formarlos, pero les exige que no pregunten, no reclamen y se hagan cargo. Por la razón o la fuerza.
Sin la formación necesaria que invita a conocerse, a investigar, a hacerse cargo, a cuidarse a sí mismo y al otro, no es posible hacer el puente hacia buenos, ricos, sanos encuentros sexuales. Que con juguetes o sin ellos, con compromisos que duran una sola noche o toda la vida, sean encuentros responsables y libres de moralinas y complejos; creadores y crecedores; con permiso a equivocarse, arrepentirse, crecer y rectificar, sin condena moral, social y estatal.
A todos nos toca hacernos cargo y pujar para que Chile salga de una vez de esta adolescencia idiota y alienante, que esconde su ignorancia y conservadurismo extremo y pechoño detrás de una máscara mal hecha de buena onda transgresora, con la complicidad del mercado, la publicidad, los medios de comunicación y finalmente, la nuestra.
Foto Kirby Urner Flickr © creative commons
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