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Al carajo la nostalgia

13 / Jun

Por Juan Ignacio Piña

Juan Ignacio Piña

Casi como dando la razón al eterno retorno nitszcheano, la vieja aspiración de volver a un pasado añorado (que suele encarnarse en un manoseado “todo tiempo pasado fue mejor”), se deja sentir con fuerza de tanto en tanto. Desde la reminiscencia del París del primer cuarto del siglo XX en que se paseaban los Breton, los Eluard o los Tzará, hasta la añoranza de Woodstock, de los peinados glam de los ochenta o del grunge de los noventa, suelen aparecer como muestra de una especie de nostalgia recurrente.
 
No soy psicólogo ni tengo pergamino alguno en los intersticios de la mente humana. Hablo desde la intuición y desde mi propia experiencia. Por eso estoy abierto a ser contradicho en estas afirmaciones tanto por los que saben, como por los que, como yo, solo intuyen. Pero creo que detrás de esa nostalgia se esconde la necesidad de aferrarnos a algo cierto, a algo que conocemos y de lo que ya podemos anticipar tanto alcances como consecuencias. Hoy ya sabemos en lo que redundó el surrealismo, el movimiento hippie, el look de Cerati o de Robert Smith y el destino de los Stone Temple Pilots. A su respecto ya no quedan contingencias abiertas y por eso podemos disfrutarlas libres de ataduras, prejuicios e incertidumbres.
 
Con el presente (y qué decir con el futuro) no ocurre nada parecido. Ambos se encuentran plenamente abiertos a la complejidad y a la contingencia. El cúmulo de eventos posibles nos priva de esas certezas y ello nos impide evaluarlo (y disfrutarlo) desprejuiciadamente y sin temores. Por eso a veces se aparece esa melancolía del pasado, que puede ni siquiera haber sido tan benigno, pero que ya no nos amenaza. Por ello lo añoramos, lo asociamos a una cierta cadencia a la que hemos despojado -arbitraria e ingenuamente- de todo riesgo. En esto probablemente llevaba bastante razón Teillier al intentar construir su espacio lárico. La creación de un reducto del pasado que ya no existe, pero que nos ofrece una certeza que la complejidad del presente ya no puede asegurarnos.
 
Como ocurre con frecuencia, estas aproximaciones constituyen un sesgo, esto es, un error sistemático en que incurrimos al evaluar el pasado. Por ello más bien parece que el camino es el inverso, el contraintuitivo. El principio que propongo es, entonces, que todo tiempo futuro será mejor y que actualmente estamos mejor que nunca. No hay una gota de conformismo en esto ni mucho menos le subyace la idea de que el camino ya está recorrido. Por el contrario, se trata de que, a pesar de las vicisitudes y del permanente juego de avances y retrocesos, podemos depositar una tremenda confianza en el porvenir, a pesar de su contingencia, de sus incertidumbres, sus traspiés y amenazas. En palabras simples: al carajo con la nostalgia. Es poco probable que haya habido una etapa de la historia con una mayor protección de los derechos de las personas que la que vivimos hoy. Por eso cuando aparece la cantinela de la crisis moral, del abandono de los valores tradicionales o de la libertad dirigida por un grupo de iluminados que sabe lo que el resto necesita, debe cerrarse la puerta.
 
Falta todavía mucho camino por recorrer, pero una sociedad en que la libertad de expresión, la libertad ambulatoria, la indemnidad personal y la autonomía tiene una consagración y una protección efectiva sin duda es una sociedad mejor que la que había hace 20, 50, 100 o más años.
 
El reconocimiento de los llamados derechos sociales también está en un buen pie. El mejoramiento de la educación, de la salud, del acceso a la justicia, parece haber entrado en trances que ya son irreversibles. El tranco puede ser más o menos forzado, pero el proceso solo puede ir a mejor.
 
Por eso, si la pregunta por el futuro es auspiciosa desde ya, la responsabilidad de los líderes políticos y sociales es evidente, especialmente en lo que respecta al perfeccionamiento de las instituciones que deberán soportar esa mejora. Ha llegado el momento de administrar la abundancia. En los últimos años nos hemos abocado a generarla, pero hemos fallado en la administración de ella, en velar porque alcance a todos los actores. Ello no se circunscribe solo a las prestaciones sociales o la asistencia estatal. Se refiere también al fortalecimiento institucional, al mejoramiento del sistema político. Es imprescindible, por ejemplo, fomentar primarias abiertas en todos los sectores y aumentar la representatividad del parlamento. Por eso la indicación del Gobierno de que los independientes deban contar con patrocinio de un partido político va exactamente en la línea equivocada. El sistema electoral tampoco resiste más, la inscripción automática y el voto voluntario solo pueden entenderse como un primer y tímido paso.
 
Es cierto que aún queda largo camino por recorrer en cuanto a los derechos civiles, así como en el reconocimiento maduro de nuestros pueblos originarios y su riqueza. Por eso no hay lugar para la tibieza ni para marcar el paso. No hay lugar para las sonrisas fáciles ni la encuestología simplona. El que no se haya dado cuenta que el camino está abierto y que es posible recorrerlo, el que añora el pasado de certidumbres, el conservantismo binominal, tendrá que confirmar las leyes de la evolución... y desaparecer.
 
 
 
Foto Tesss Flickr © creative commons


 

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Chaza

26 de Julio del 2012

Al carajo con lo lárico, qué tal un brindis... como este, de Nicanor: Lo queramos o no Sólo tenemos tres alternativas: El ayer, el presente y el mañana. Y ni siquiera tres Porque como dice el filósofo El ayer es ayer Nos pertenece sólo en el recuerdo: A la rosa que ya se deshojó No se le puede sacar otro pétalo. Las cartas por jugar Son solamente dos: El presente y el día de mañana. Y ni siquiera dos Porque es un hecho bien establecido Que el presente no existe Sino en la medida en que se hace pasado Y ya pasó..., como la juventud. En resumidas cuentas Sólo nos va quedando el mañana: Yo levanto mi copa Por ese día que no llega nunca Pero que es lo único De lo que realmente disponemos.

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