Mucho se oye hablar de autoestima. Cientos de estudios vinculan esta dimensión a temas educativos, laborales, relacionales, de la corporalidad y sexualidad. Se dice que es necesaria, imprescindible; casi siempre un elemento positivo para la salud y los desempeños humanos en diversos entornos.
Por otro lado, son cientos también los pequeños y cotidianos desiertos donde la sed de aprecio, valoración y confianza en nosotros mismos, son la constante. A veces, la responsabilidad de nuestra escasez podría tenerla el medio -las familias, lugares de estudio y trabajo, o el cómo nos sentimos tratados por gobiernos e instituciones-. Otras veces, seremos responsables nosotros, en alguna medida, si todos los reflejos alentadores del mundo o de quienes nos aman no hacen la diferencia en cómo nos percibimos y nos tratamos.
No es extraño que, ante errores pequeños, las primeras palabras que uno escucha de quien los comete, sean: “qué tont@, qué torpe” y otras en ese tenor (descartémoslas ya, por favor). Y esa poca compasión y generosidad para con nosotros, asimismo podría alcanzar -o lesionar- a quienes nos rodean.
No recuerdo donde lo leí, pero fue hace muy poco, un reporte donde la causa mayor de infidelidad conyugal -y divorcios por ese motivo- no estaba relacionada a la sexualidad (falta de deseo o de actividad periódica) sino a la sensación de ser poco apreciado/a. El insuficiente “aprecio emocional” estaba vinculado a la mengua, durante el matrimonio, de gestos indicativos de respeto, gratitud, generosidad, admiración, y cariño hacia la pareja. Otro reporte reciente con seguimientos largos, decía que en matrimonios felices, satisfactorios y perdurables se observaba que la proporción entre comentarios negativos y positivos era de 1 por cada 5. Números afortunados, para recordar.
A nivel de pareja, mis aprendizajes en el cotidiano del aprecio fueron algo posteriores a mis aprendizajes como mamá (y a ellos les debo mucho de mi repertorio de pareja hoy en día). Con el nacimiento de mi primera hija sí una cosa tuve clara, junto al amor y deseo de hacerla feliz, fue la determinación a estimular en ella un superávit de autoestima; el más alto sentido de valor y aprecio por su persona.
Superávit, sí, porque creo que siempre es más difícil construirse desde la precariedad que desde la abundancia de estímulos, afecto, confianza, y orgullo. No se trataba, o no únicamente, de ir cual barra deportiva celebrando todo lo que hiciera mi niña -porque logros o no, igual estaba aprendiendo y creciendo, y eso merecía reconocimiento explícito-. Más bien añoraba que ella estuviera segura de que partiendo por su hogar, ella era absolutamente digna de cuidado, respeto, de oportunidad y de valor, sencillamente por estar viva, por ser niña, por ser humana. Sin ese sentido de dignidad esencial, difícilmente podría haber llegado a sentir, sostener o nutrir una autoestima sólida.
En tiempos de esa primera maternidad, recuerdo que la autoestima tenía más que ver con un relato de la psicología. Hoy, cuando escribo mi segunda historia de mamá, la autoestima asoma en muchos países como temática de agendas gubernamentales en tanto se reconoce cada vez más directamente relacionada con la posibilidad de progreso de las naciones. A modo de ejemplo, un reciente estudio realizado en Inglaterra con niñas de entre 11 a 17 años, proyecta costos del siguiente tipo para el país si no mejora la autoestima de las adolescentes:
-14% menos de gerentas mujeres
-16% menos en medallistas olímpicas
-21% menos de mujeres en el parlamento
-17% menos de mujeres médicos y abogadas
-18% en la posibilidad de tener una Primer Ministro mujer antes del 2050
En países como EEUU, donde la propia constitución reconoce el derecho a “la búsqueda de la felicidad”, sufre de modo parecido a sus coetáneas británicas. No obstante, considerados ambos géneros, los niveles de autoconfianza adolescente son bastante extraordinarios. Casi preocupantes. Y digo esto porque arriesga una separación de la realidad, una cierta arrogancia o temeridad que no colabora con los niveles de compromiso estudiantil ni cívico en la mejora de la educación que EEUU requiere.
Conocido es el documental “Waiting for Superman” (estrenado en Chile el 2011, en el GAM) que, más allá de críticas y rebates bien documentados, arroja cerca de un 70% de autoconfianza de los estudiantes en sus desempeños y rendimientos. Claro que, por otro lado, apenas llegan al rango de 20-30% de éxito en evaluaciones de materias esenciales. Finlandia es otra historia, y arroja luces justamente sobre el tema de la autoestima en un vínculo indisoluble, creo yo, con el respeto y la dignidad.
Finlandia logra los mejores rendimientos mundiales en lectura, matemáticas y ciencias, y más importante aun: los estudiantes sueñan, tienen proyectos, se sienten apoyados e importantes, resuenan con lo que aprenden, y aprecian -y no querrían cambiar- la educación de la que participan (con escasísima deserción: 90% termina la secundaria y dos tercios estudian en universidades o institutos politécnicos).
Sabemos que los niños finlandeses no comienzan el colegio antes de los 7 años (por respeto a su tiempo de “ser niños” y jugar); que la equidad es el valor mandatario (y determinante en la reducción de la brecha entre educación pública y privada); que los profesores son mentores y guías -además de docentes altamente calificados y bien remunerados- para sus alumn@s, y que a la educación se la considera una responsabilidad nacional, de todos (más del 50% de la población adulta en el país se encuentra comprometida en programas educativos).
Más allá de los datos auspiciosos, es importante recordar que el germen de la reforma educacional finlandesa no fue competitivo ni tuvo relación con rendimientos ni mediciones estandarizadas. Partió del principio de igualdad de oportunidades para todos. En otras palabras, de un respeto esencial y sentido de aprecio por todo niño-ciudadano en ese país, por toda familia, por toda su gente, sin distinciones. Ese respeto fundante, cívico, tiene que definitivamente ejercer un efecto virtuoso en el sentido de dignidad y la autoestima de los individuos. Si el gobierno, las escuelas, los profesores, los adultos en general, todos los días -en el fondo- están transmitiendo a los más pequeños y jóvenes lo importantes que son, merecedores de cuidado y aliento para aprender y desarrollar al máximo sus talentos, ese aprecio lo permea todo, se cuela y entreteje en la consciencia de cada niño, y termina manifestándose en lo cotidiano y otros horizontes.
Chile está todavía lejos de convertirse en algo semejante a Finlandia (por favor lean artículo de Mario Waissbluth, de Educación 2020, Apartheid en Chile) y me gustaría creer que los esfuerzos del movimiento estudiantil -y de tantos otros sectores comprometidos- darán sus frutos con la debida premura. Pero mientras las grandes gestas se consolidan, no querría perder de vista los pequeños afanes, también valiosos.
Mi hija mayor, adulta joven, declama hoy a los cuatro vientos que, tal como ella, tod@ niñ@ debería contar con al menos “un fan incondicional” durante su infancia y ojalá en cada etapa de la vida: alguien que con abundante fe, respeto y afecto, sin reservas acompañe el camino. Cuando vi The Help, ese “fan” de mi hija se me reveló como un requisito irrenunciable de la ética del cuidado.
No soy tan ingenua como para creer que solo en lo íntimo se jueguen evoluciones y revoluciones que son imprescindibles en nuestra sociedad. Pero sí confío en el efecto benéfico y contagioso que puede tener la experiencia más cotidiana, o doméstica, llevada a lo colectivo. Creo que nos haría bien un ejercicio consciente del aprecio (la voz de Aibileen multiplicada), cada día, donde quiera que vayamos. Cada uno, fan incondicional de seres amados, prójimos, y de nosotros también.
Foto Philip Dean Flickr © creative commons
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