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Por Vinka Jackson

Vinka Jackson

“El objeto que cae en un abismo, cae de cielo en cielo” (Wislawa Szymborska, poeta polaca, 1923-2012)

Extraña alquimia la de nuestra memoria: sus elecciones al momento de evocar, condolerse, combinar eventos y reconocerse un poco en otras vidas. Vidas de lugares, y de personas.
 
En algo menos de una semana, dos noticias aparentemente desvinculadas y lejanas lloran y, al mismo tiempo, sacan luz de mis huesos.  Quizás porque tienen que ver con refugios que se agradecen; o simplemente con bellezas que nos resultan únicas, inolvidables. O todas las anteriores.
 
Al 6 de febrero la Quinta Normal, reinaugurada unas semanas antes, mostraba destrozos de consideración. Las fotografías podrían haber sido de cualquier terreno o vieja plaza en ruinas, convertida en basural. Pude haber llorado, pero me contuve. No tendría cómo haber explicado esta pena –menor ante noticias sobre eventos graves-, pero para mí era honda. Tanto como puede ser la pena cuando una visión del mundo -que hemos construido desde algún espacio sideral o desde una pequeña cerradura- es dañada o destruida.
 
Caminé por la Quinta Normal muchas veces cuando niña. Desde su laguna miré alto, hacia el cielo, y también miré de frente su verde, todos los conjuros del follaje: imaginarios remedios botánicos que podían revertir, al menos por unas horas, esa ancianidad que se tomaba mis 7, 8 años, antiguos como las calles del centro. O como esos animales disecados con los que terminé encariñándome tanto en domingos de visitar el Museo de Historia Natural.
 
Cuando oí de la reinauguración, me propuse visitarla esta vez con mi hija menor (tal cual lo hice con la mayor, décadas atrás). No me motivaron especialmente las fuentes de agua ultramodernas ni los botes motorizados, pero sí la ocasión ritual, el recorrido de generaciones por lugares comunes, y el encuentro con gente de un barrio que sé ha cambiado con los años, pero que a pesar de toda nuestra historia difícil, sigo reconociendo como familiar y cercano.
 
Vi por televisión cómo jugaban l@s niñ@s el día inaugural y pensé en mi Emilia, tan entusiasta en cualquier “paza” del mundo: desde parques gigantes hasta el espacio de diez metros cuadrados, dos columpios y un resbalín que existe cerca de donde vivimos en Santiago. ¿Cómo no iba a conocer la Quinta Normal y la huella que su mamá y tantos otros niños dejaron ahí? Quinta inocente, refugio, jardín secreto de mi alma. Fuera de todo tiempo y espacio, una suerte de hogar colgando del infinito. Saudade.
 
Saudade, me dicen, es echar de menos algo que nunca se tuvo. Si es correcta la definición, algo de eso hay en esta alma, en estos días. Porque hay lugares y personas que no nos pertenecen, o que ni siquiera llegamos a conocer, pero cuyas heridas o ausencias nos despojan y entristecen, de todos modos.  
 
Nostalgia y tristeza en la muerte de Wislawa Szymborska, mi poeta más querida (Premio Nobel 1996), que se fue el 1 de febrero y a quien solo conocí por sus poemas y por fotografías. Su gentileza en ambos registros me despertaba algo de hija, nieta, ciudadana universal mejor dispuesta, aspirante a discípula invisible y jamás conocida por ella, maestra sagrada. Saudade, definitivamente.
 
La encontré de casualidad, en una antología en inglés que alguna entidad mágica puso frente a mí durante una tradicional tarde de sábado visitando la librería de mi barrio en Atlanta, Georgia. Abrí una página al azar y ahí estaba “Under a small star” (Bajo una Pequeña Estrella, pero la traducción al inglés confieso me emocionó mucho más).
 
Este poema es un acto de contrición como creo jamás hubo ni habrá en este planeta; un perdón que, en otro lenguaje y otra ética, acoge universos y experiencias que nos tocan, que no elegimos, y de las que no obstante, igualmente nos sentimos responsables, o parte, entretejidos con otros, en méritos y desfalcos, benditos o lesivos, humanos todos. Poema inocente, refugio y jardín secreto de mi adultez (como en la infancia, la Quinta Normal).
 
Delicada y horadante Wislawa Szymborska; capaz de tornar en extraordinario lo más ordinario y sencillo: así su poesía, así ella, quizás. No tengo cómo acercarme a una elegía que le haga justicia (Francisco Mouat ya ha rendido un homenaje insuperable que ojalá todos puedan leer), pero tal vez pueda al menos “reunirme” con la única persona en el mundo –en Santa Clara, California- con quien por años compartimos nuestra devoción por esta dama de la poesía, y ahora el saudade por su partida.
 
Es natural que piense en mi hermana elegida, Michelle Oberman, para esta ceremonia. Saber que ambas  recitábamos a Szymborska  en los silencios más íntimos, para fortalecer nuestros esmeros y amores, consumó nuestra “amistad a primera vista”. Ahora, podríamos agradecer este encuentro y las bellas  marcas de la poeta en nuestros caminos, estos últimos quince años, verso a verso:
 
“Las niñas pequeñas/observan el desastre/desde una torre de sonrisas”.
 
“Una multitud de ángeles caídos se posa sobre cada punta (de alfiler), esperando ser contados”.
 
“El regocijo de escribir/El poder de preservar/Revancha de una mano mortal”.
 
“Gracias, corazón mío:/tú no te distraes, sigues avanzando/sin adulación ni recompensa/solo con innata diligencia”.
 
“Escucha/ cómo tu corazón late dentro de mí”.
 
“El abismo no nos divide/El abismo nos rodea”.
 
“Aunque los corazones de las orcas puedan pesar una tonelada/son ligeros en todos los demás sentidos”.
 
“El mundo nunca está preparado para el nacimiento de un niño”.
 
“Por el bien de los niños que aún somos/los cuentos de hadas tienen finales felices/Ése es el único final que servirá aquí, también”.
 
“Un milagro, solo mira alrededor: la tierra inescapable”.

David Orr, crítico y columnista literario del New York Times Book Review, dijo tras su muerte: “Szymborska ha caído ahora justamente en ese abismo del cual escribió con tan sobria pasión. Aun así no es difícil imaginar que, con todo su delicado poder, de alguna forma, ella todavía camina en el aire sobre nosotros”.  Que así sea, para Wislawa y para quienes han partido junto con ella en este comienzo de año.

 

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