A alguien le puede parecer que México se volvió loco y que su falta de salud mental les perturbó a la hora de votar el pasado domingo en las elecciones presidenciales. Tras doce años en el poder, el centro-derechista Partido de Acción Nacional (PAN) perdió en manos del rival del siempre que está de vuelta, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), que había dejado el poder hace doce años, tras siete décadas de control total de la política mexicana.
Al PRI se le acusa de todo. No pocos dicen que el fraude fue inventado por ellos, asustados de que la mayoría real que tuvieron por años se desapareciera. Otros en igual número señalan que fueron los inventores de la mafia y componenda política. Son aquellos nacionalistas que pasaron de la no intervención en los asuntos internacionales de otros países al amor más desatado por el neo-liberalismo. Mario Vargas Llosa denominó al reinado del PRI como la dictadura perfecta. Aunque normalmente el laureado escritor sabe más de literatura que de política, no deja de tener en esta oportunidad algo de razón. Pero pese a todos los problemas y corrupciones que trajo el PRI -muchos de los cuales México sigue pagando-, tampoco se puede desconocer que su historia muestra luces que en un análisis objetivo no pueden desconocerse.
Fueron pioneros en entender la importancia de un Estado presente y desarrollaron una industria nacional. Pese a todas las críticas posibles, iniciaron antes que muchos las reformas agrarias. Además, pese a la naturaleza totalitaria de muchas de sus autoridades, nunca cayeron en el militarismo. Por el contrario, los co-optaron.
Como en toda historia, siempre hay dos partes. No tengo ningún interés en defender al PRI, y si fuera mexicano jamás votaría por ellos, pero no se puede negar sus virtudes. Incluso se extraña algún grado de paz social que tuvo ese país por entonces. Además, muchos en Chile le deben la vida y años de acogida en las tierras aztecas, después del golpe militar de 1973. Recelosos de sus asuntos internos, no negaron la entrada a muchos perseguidos de todo el continente, mientras este era asolado por las dictaduras militares.
Ahora el problema es saber cuál de todos los PRI llega al poder con Peña Nieto. Tal vez puede ser el partido del Presidente Ernesto Zedillo, que abrió las puertas a la verdadera democratización. Pero también puede ser la colectividad de Carlos Salinas de Gortari, fruto de un fraude en 1988 y que gobernó bajo la sombra de la corrupción y privatizaciones que le acompañaron hasta después de su periodo. No se sabe cuál será el que viene. Por lo pronto, su currículo no entrega muchas señales positivas. Si bien fue considerado como un gobernador eficiente, la sombra de la corrupción y los líos de faldas le hacen sombra. Además, la represión a quienes se oponían a un aeropuerto nuevo del DF en Atenco también le ha salpicado.
Se ven muy lejos aquellos días de hace doce años atrás cuando miles de jóvenes cargaban por las calles del Distrito Federal el ataúd del PRI. Las esperanzas de millones quedaron desechas por un partido que si bien fue eficiente en la parte administrativa, ha sido inepto, conservador y poco hábil en lo político. La suma y resta de los doce años están tiñendo todo lo bueno con una violencia desatada con el narcotráfico, miles de muertos y nada de la vida nueva que vendría con la alternancia en el poder. La izquierda sola y por si misma, es decir, sin movimientos sociales asociados, parece anclada en sus propios fantasmas. Han demostrado ser incapaces de convencer a la población de que son una alternativa real. Su líder Andrés Manuel López Obrador es caudillista y personalista, y torpe en la promoción la institucionalización de su sector.
Al final del camino estamos entre varios personajes de Chespirito, un reconocido arrepentido de haber sido partidario del PRI. Una posibilidad es que el Chapulín Colorado por fin le dará justicia social al Chavo del Ocho, que lleva varias décadas en su barril. La otra alternativa es que de noche el ratero Chómpiras vuelva a hacer de las suyas, para que todo sea nuevamente clientelista y populista. Al final, todos le temen a que se retorne a esa famosa norma mexicana conocida como la ley de Herodes: “O te Chingas o te Jodes” (Le ruego excusar lo fino de la expresión).
Foto Angelica Rivera de Peña Flickr © creative commons
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