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Cuzco Blues

15 / May

Por Kristina Cordero

Kristina Cordero

Que me perdonen los dioses incas, la pachamama, los apus y otros espíritus dando vueltas por Cuzco y el Valle Sagrado de Perú, pero no volvería a Machu Picchu bajo ningún concepto, ni siquiera si me pagaran el dineral que gasté en visitarlo.

Hace poco fui a Cuzco, con mucha ilusión. Varios amigos me prepararon con una lista de objetivos turísticos: la ciudad de Cuzco y sus iglesias; el complejo arqueológico de Machu Picchu; el esplendoroso Valle Sagrado, con sus ruinas, pueblos y ferias artesanales donde, me decían, las tejedoras de la zona bajaban de sus aldeas para vender sus artesanías y tejidos de alpaca al público.

Nada más salir de la zona de aduanas en el aeropuerto fui acosada por un tipo vendiendo tours a Machu Picchu. No siento especial fascinación por las ruinas -me interesaban más el paisaje natural y la ciudad de Cuzco- pero ir a Cuzco y no ir a Machu Picchu es como ir a Madrid y no ir al Prado. Se supone que es ‘obligatorio’, así que me compré los pasajes y la entrada a Machu Picchu, con la sensación de que era obligatorio.

Obligados, el uno al otro. Yo, obligada a comprar, por un precio descarado, los varios pasajes -un bus de Cuzco al pueblo de Ollantatambo (2 horas), un tren de Ollantatambo a Aguas Calientes (1.5 horas) y un bus de Aguas Calientes a Machu Picchu (.5 hora)- más la entrada a Machu Picchu con guía, por unos US$180. Y Machu Picchu, tenía la obligación de enseñarme la majestuosidad del imperio Inca,  la astucia de su pueblo y la brillantez de su ingeniería precolombina. Había muchas expectativas por los dos lados.

Antes de que piensen que soy una extranjera idiota que se dejó timar, debo aclarar que no hay mucha ruta alternativa. Los autos no llegan a Machu Picchu, el tren que tomé era el más barato, y no tenía el lujo de tomar las rutas a pie sugeridas por National Geographic, que tardan 5 o 6 días. Además he sido redactora de guías de viaje y soy una neoyorquina que vive sospechando que el mundo me está timando. Créanme, en Machu Picchu era muy difícil hacer turismo barato. Después del taxi-al bus-al tren-al bus no pude más y cuando llegué a Machu Picchu abandoné el guía que me habían asignado, visité el lugar sola en medio de grupos de norteamericanos, australianos, japoneses, canadienses y un largo etcétera internacional tomando fotos con los brazos en alto. Caminé de vuelta a Aguas Calientes donde comí un plato de rocoto en un restorán con carta en cuatro idiomas; la autenticidad ya se había vuelto algo entre relativo e ilusorio.

Al día siguiente se suponía que debía visitar el Valle Sagrado: ruinas de Pisac, Pikillacta, Q’enco, Moray y varios otros lugares, para lo cual había que comprar un ‘boleto turístico’ por unos US$40. Por suerte tenía el dato del amigo de un amigo que vivía en Cuzco, un escritor peruano casado con una diseñadora barcelonesa. Así que con ellos, hicimos un paseo por el imponente y fértil Valle Sagrado. Vi el esplendor de las ruinas a lo lejos, tomamos chicha en un bar sin nombre y almorzamos en un restorán sin gracia, para luego llegar a un pueblo donde todos los domingos hay un mercado ‘imperdible’ según dicen. Ahí señoras vestidas en ropa tradicional vendían cosas de lana y alpaca. “¡Baby Alpaca, baby Alpaca!” me cantaba una y otra. Algunas cosas eran bonitas pero Montse, mi amiga española (que se dedica a diseñar ropa con alpaca), rápidamente me sacó de mis ilusiones diciéndole a la vendedora “Esto no es baby Alpaca, es acrílico con lana de oveja”. Las señoras en sus vestidos folklóricos, curiosamente, ni se inmutaron o defendieron ante la acusación. Era como si no existía, no importaba. El marido de Montse, Vladimir, ni siquiera entró al mercado, prefiriendo masticar hojas de coca al lado del auto porque todo le pareció repugnante. “Esas mujeres no son tejedoras” me dijo. “Mira sus piernas, una mujer de la montaña no tiene piernas tan limpias como ella”.

Me quedé pensando en esas pseudo-tejedoras, en sus uniformes de folklórica; no eran tan distintos a los de Falabella. Solo que en Falabella, si dicen que algo es Alpaca legalmente debería serlo. Aquí no: los turistas se tienen que fiar. Si no fían no compran, o peor, se dejan engañar por esa culpa viajera del turista del primer mundo, que cree en esta falsa autenticidad o sabe que todo es un show y lo tolera igual.

Pero si hay culpa que echar, la tenemos nosotros. Digo, la gente del mundo anglosajón, mi gente. Gracias a la invención de la máquina de vapor en el s. XVII, el motor diesel a finales del XIX, y el tren eléctrico, el bus, el auto y el avión del s. XX, el viaje ha sido cada vez más asequible para las masas. Y esa masificación ha fomentado una cultura de mirar los destinos como si fueran objetos de consumo para probar y luego tirar. Esta tendencia es claramente anglo-americana, iniciada por los británicos y consolidada por los norteamericanos, agitando sus dólares y ejerciendo su ‘derecho’ de comprar todos los destinos que quisieran con su moneda irresistible, en tiempo récord, con esa ansiedad y aceleración que son tan características del modo de ser norteamericano.

Las maravillas del mundo, los patrimonios de la humanidad hace tiempo han despertado al potencial económico de este fenómeno y han demostrado estar a la altura de la demandas. La industria del turismo mundial adoptó felizmente el lema (norteamericano, creo) de que el cliente siempre tiene razón y desde entonces el turismo se convierte en un acuerdo: yo voy a dejar mi dinero, tú te vas a aprovechar al máximo de ello, pero como es barato para mí, te lo perdono porque tú eres pobre y yo tengo poder adquisitivo. Y así es: ellos acaban enseñándote el Cuzco (o Roma, o Florencia, o Bali) ‘auténtico’ que piensan que quieres ver.

¿Quién puede cuestionar lo dañino del turismo? Un post reciente en el blog de National Geographic cuenta que en temporada, la población de campamento base de Everest puede ascender a unas 800 personas. Jon Krakauer en su libro Into thin Air cuenta cómo, en 1996, una tormenta acabó con la vida de ocho personas mientras intentaban bajar de la cumbre. Esta gente había pagado cerca de US$60.000 (ahora puede ser doble) para escalar la montaña, con guías que se sentían obligados a alcanzar la cumbre a toda costa a pesar de los riesgos, dejando el rastro macabro de sus aventuras en la montaña (acumulación de basura, residuos humanos y, a veces, cadáveres). Últimamente ha habido esfuerzos verdes para controlar los daños a la montaña, expediciones de recogida de basura y cuerpos, pero aunque todo el mundo recoja basura y traiga generadores solares, Everest sigue siendo el ejemplo más notorio de aquello de que el cliente siempre tiene la razón: puedes conquistar la cumbre más alta del mundo si tienes suficiente dinero, tenacidad y ambición.

En realidad no hay que mirar más allá de Chile para ver los daños que el turismo ocasiona. Allá en el sur, no tan lejos donde mucha gente protesta por la construcción de un complejo hidroeléctrico que aún no ha hecho ningún daño ecológico, ocurrió un desastre de proporciones épicas cuando un turista provocó un incendio en Torres del Paine, al parecer, quemando un pedazo de papel higiénico. Cuzco, Everest, Torres del Paine: el turismo es como el amor. Siempre hacemos daño a lo que más queremos.

Algunos dicen que a pesar de los aspectos negativos, el turismo genera trabajo y dinero. Es cierto: en Cuzco hay verdaderos profesionales del turismo que hacen muy bien su trabajo. Los cusqueños estudian turismo y conocen su territorio y su mercado. En Machu Picchu, era obvia la alta calidad de los guías que explicaban, en varios idiomas, las maravillas del lugar a sus clientes, igual que los sherpas y guías en Everest. A esto se suma el argumento de que, después de tanta injerencia por parte del mundo desarrollado, es una suerte de recompensa histórica desembolsar dinero turístico en los países donde más hemos causado daño.

Es muy atractivo este argumento. Pero cuando un operador turístico no oficial me ofrece una cabalgata, me jura y perjura que cuesta sólo 40 soles y luego, al llegar al establo, me quiere cobrar 30 soles más para ‘pagar’ el caballo de Percy, un adolescente con granos en la cara que será mi guía por los cerros y los valles que me negué a visitar en un circuito turístico en bus, pues no, me niego. Pero esto es lo que pasa cuando el turismo ‘oficial’ es escandalosamente caro: nace una industria alternativa, no controlada, que acaba haciendo más de lo mismo.

Mi último día en Cuzco, fui a visitar un hogar para niños en un barrio residencial unos 10 minutos del centro histórico. Ahí hablé con la directora mientras unos quince niños entre 3 y 7 años corrían a mi alrededor, llamándome ‘mami’. Cuando me preguntó qué tal me pareció Cuzco me dio un poco de vergüenza, pero no pude ocultar mi opinión y para mi sorpresa estuvo de acuerdo conmigo. Claro que algunas personas mejoran su situación vital gracias al turismo, me decía, entrando a estudiar y trabajando para hoteles, cafés, operadores turísticos. Pero todavía hay una pobreza salvaje aquí, y la gente más pobre, que vive en la calle o muy cerca de ella, que sobrevive gracias a la ‘generosidad’ de los turistas que por piedad les pasan los soles que les sobran, no tiene chance de salir de la calle porque aquellas limosnas la mantienen ahí. Esto lo sabía porque su hogar acogía los hijos de mucha gente en esta situación. Si de culpa se trataba, sería mucho mejor, me decía, apoyar instituciones dedicadas a lograr cambios reales en las vidas de la gente del lugar. (Para quien se interese, yo sugiero la de ella: www.amantani.info).

Cuando llegó el momento de irme, camino al aeropuerto el taxista me comentó que, para satisfacer el creciente turismo, hay una propuesta sobre la mesa para construir un nuevo aeropuerto, en Chincheros, un pueblo con unos restos incaicos impresionantes y una preciosa iglesia colonial. Chincheros: el mismo pueblo donde conocí a esas ‘tejedoras’ vendiendo su ‘Baby Alpaca’. La verdad, no supe qué pensar. Pero de repente -recién de vuelta del concierto de Bob Dylan en Chile- se me vino a la cabeza un trozo de la canción Idiot Wind que pareció resumir todo:

Now everything’s a little upside down, as a matter of fact the wheels have stopped / What’s good is bad, what’s bad is good, you’ll find out when you reach the top/ You’re on the bottom...idiot wind.
Ahora está todo un poco patas arriba, de hecho las ruedas han parado / Lo bueno es malo, lo malo es bueno, ya verás cuando llegas a la cumbre/ Te encontrarás abajo del todo....viento idiota.


Nota: el título de este post se lo debo a Santiago Gamboa, quien lo inventó como el título de una obra ficticia de un personaje de su novela Los impostores. ¡Gracias Santiago!



Foto Artofbackpacking Flickr © creative commons

 

 

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