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Por Paulina Astroza

Paulina Astroza

Hoy es el Día de Europa. Se conmemora la famosa Declaración de Robert  Schuman, Ministro francés de Relaciones Exteriores, que en 1950 llamó a crear la primera Comunidad Europea a través de un proyecto revolucionario: la puesta en conjunto de la producción del acero y el  carbón franco-alemán bajo la dirección de una Alta Autoridad.  

Con visión y pragmatismo, y siguiendo las ideas de Jean Monnet, Schuman vio en este proyecto las bases de una idea política de alcance mayor: la paz en el continente.

Han pasado 62 años. El contexto es muy distinto, pero los desafíos a los que la UE se enfrenta siguen siendo cruciales para su futuro.

Los electores franceses y griegos se manifestaron este domingo bajo el manto de la crisis. Si bien los resultados a primera vista pueden  parecer divergentes, los mensajes que enviaron los ciudadanos tienen mucho en común. Francia optó por el socialista François Hollande, líder moderado  pro-Europa. Grecia castigó a los dos grandes partidos tradicionales pro-integración. En ambos casos -atendidos los resultados de la primera  vuelta francesa- se produjo un reforzamiento de las fuerzas de extrema derecha y de extrema izquierda.

Jean Luc Mélenchon (Front de Gauche) y Marine Le Pen (Front National), en conjunto, lograron un tercio de los votos. Ambos comparten la mirada crítica de la conducción de Europa. Le Pen -antieuropea confesa-, proclama la salida de Francia del bloque y del euro. Mélenchon rechaza  la idea de una Europa ultraliberal y reivindica una Europa social.

En Grecia, el partido conservador Nueva Democracia y el socialista Pasok, fueron duramente castigados por el electorado. Responsables de los duros ajustes -a instancias de la UE, FMI y BCE-, fueron el blanco del rechazo de los griegos a esas medidas. Su voto fue un voto de  cólera, de rabia y desesperanza. La Coalición de la Izquierda Radical (Syriza) obtuvo un 16,6%, convirtiéndose en el segundo partido más  votado y el primero de izquierda. Y los neonazis de Aurora Dorada lograron un muy preocupante 6,8%, eligiendo 21 diputados.

Un análisis más de fondo nos lleva a pensar que la “revuelta” de los  electores al hacer caer a los gobiernos -por vías distintas, al ser Francia una república semi presidencial y Grecia un sistema parlamentario- responde a un rechazo abierto no a Europa, como algunos  quieren creer, sino a la “actual Europa”, que perciben manejada por la dupla Merkel-Sarkozy.

François Hollande aparece como la gran esperanza, el aire fresco que  necesitaba Europa. La voz de aquellos que quieren un continente unido, que valoran los avances de la integración, que reconocen los logros de la unidad en la diversidad, pero que quieren “otra Europa”; una no atrapada en la asfixia de los recortes y la austeridad a ultranza. Una Europa que impulse el crecimiento, la generación de empleo, la inversión dentro de un contexto de reducción del déficit y el gasto. Ese fue el mensaje  que llevó a Hollande al poder.

Pero no sólo se trata de convencer a Alemania de cambiar el rumbo y aceptar mayor flexibilidad en la política de austeridad. Se trata  también de dar a las instituciones comunitarias (Comisión Europea,  Parlamento Europeo y Consejo de Ministros) el rol que, por los tratados, les corresponde jugar. Se trata de llevar los temas a la mesa de negociación sin que los grandes se impongan a los pequeños. Sin que se sienta que los destinos de Europa se deciden en Berlín y París, más que en Bruselas.

¿Logrará Hollande cumplir con su desafío? Lo más probable es que lo prometido en los discursos -como renegociar el tratado fiscal- no sea totalmente cumplido. Hay que saber que el discurso de campaña va  dirigido a consumo nacional pero que una vez elegido, éste debe discutirse a nivel europeo, donde deberá sentarse con sus 26 socios y llegar a acuerdos.

Difícilmente logrará una modificación al pacto fiscal, que ya se  encuentra en vía de ratificación, y para su entrada en vigor exige el  acuerdo de 12 de los 17 Estados de la zona euro (y no la unanimidad). Además, para hacer uso del mecanismo europeo de estabilidad se exige la ratificación del mismo, por lo que los países en dificultades se ven obligados a ratificarlo para poder acceder a los fondos. De esta manera, puede entrar en vigor perfectamente sin Francia.

Pero el escenario no es del todo pesimista. Por el contrario,  ya existen indicios de que el triunfo de Hollande puede transformarse en un punto de inflexión mayor. Ante la imposibilidad de reforma del tratado fiscal, lo más probable es  que se llegue a un acuerdo para acompañarlo de un programa de estímulo y reactivación del crecimiento. En ese sentido, el anuncio del  Presidente del Consejo sobre la realización de una cumbre extraordinaria de líderes de la UE el próximo 23 de mayo con el fin de debatir medidas para impulsar el crecimiento, va en esa línea.
Una mayor implicación de las instituciones europeas, una mayor conexión con la ciudadanía, un mayor poder político frente al casi sacrosanto poder de los mercados, podría llevar a la tan ansiada luz al final del túnel.

El camino no es nada fácil. Son necesarias reformas en los Estados y control del gasto y del déficit, pero los ciudadanos necesitan saber que existe esperanza, que los sacrificios no son en vano. No oír hoy el mensaje de las urnas sería fatal para la integración. El descontento, la desesperanza, incluso la rabia, pueden derivar en un aumento aun mayor de las ya preocupantes cifras de partidos ultranacionalistas y radicales de izquierda.

Jean Monnet, Robert Schuman, Konrad Adenauer, Alcide de Gasperi, Paul Henri Spaak, Altiero Spinelli y tantos otros, fueron revolucionarios en su tiempo. Lograron salir de la crisis más profunda en que se encontraba  Europa después de dos grandes guerras y sus proyectos se transformaron en realidad. Su visión y liderazgo hoy deben inspirar a quienes tienen el poder de decisión. No sólo Europa espera que estén a la altura.



Foto Mathieu Marquer Flickr © creative commons

 

 

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