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Pecados compartidos

20 / Jul

Por Jaime Baeza

Jaime Baeza

El tiempo se le acaba a la comunidad internacional para cambiar las instituciones del gobierno global, las que vienen cayendo en picada hasta el descrédito en las últimas dos décadas, pero que ahora tocaron fondo porque no son capaces de procesar el tipo de conflicto moderno, y menos aún la nueva distribución en el mapa del poder mundial.

Hace algunos meses, el Presidente norteamericano presentó su proyectó del eje estratégico de los Estados Unidos hacia el Asia-Pacífico, como el área motor global del siglo 21. Sin embargo, todo Occidente y las potencias mundiales tienen en muchas otras áreas del mundo pecados que no los dejan dar el salto.

Un cambio en el eje estratégico no viene por decreto. El caso de Siria lo demuestra. Es inconcebible que siga la matanza de unos contra otros sin que la comunidad internacional haga nada más que prolongar por otros 30 días la misión de Naciones Unidas que busca llegar a una solución. El régimen de Assad tiene los días contados después del asesinato de varias autoridades de su entorno íntimo, incluyendo al Ministro de Defensa y al propio cuñado del dictador, que gobierna de manera familiar el país por décadas. La disputa entre Rusia y China por un lado, con toda Europa y Estados Unidos por el otro, sólo demuestra posturas cerradas y maximalistas que impiden una salida razonable al atolladero actual.

Se podría creer que los asesinatos del pasado miércoles podrían ser un catalizador para un conflicto de mayor escala. Los magnicidios vendrían a ser lo que la muerte del Archiduque Francisco Fernando fue para la I Guerra Mundial en 1914. Sin embargo, con el correr de las horas, más bien es el régimen el que envía señales de debilidad, al punto que la diplomacia rusa ha sugerido que Assad estaría dispuesto a negociar su salida del poder. Sin embargo, el autócrata no quiere terminar sus días como varios de sus colegas en la región y busca algún tipo de garantías.

La historia se repite. Bashar Assad, antes Mubarak en Egipto y especialmente Saddam Hussein en Irak son creaciones occidentales, o al menos tolerados con gran respeto. En el temor de una radicalización islámica, estos gobiernos autocráticos, personalistas y populistas fueron mejores simplemente por ser laicos, sus dirigentes hablaban bien inglés y usaban ternos elegantes comprados en Londres o Milán. La realidad corrupta y criminal con que han tratado a sus poblaciones podía ser soslayada en pos de la estabilidad regional o global.
 
Soviéticos, norteamericanos, europeos y chinos han jugado en este ajedrez planetario para el cual las Naciones Unidas, su Consejo de Seguridad y la preminencia de las potencias tradicionales era súper funcional. En este momento, algunos con más pudor y otros con algo menos, todos se quieren deshacer de esta arqueología institucional. Decíamos en una columna el año pasado que la primavera árabe quizás era para resolver el último gran lastre de la Guerra Fría en el mundo. Los resultados han sido mixtos en términos de satisfacción de la gente, pero nadie duda que ver a los libios votar democráticamente para elegir su gobierno es un avance que debe ser aplaudido. Para ellos es urgente que el nivel multilateral tenga las capacidades para no abandonarlos a su suerte el día de mañana.

También el desafío para las potencias del mundo occidental es no repetir los errores cometidos. Al posicionar Estados Unidos su mirada en el Asia-Pacífico y en menor medida los europeos, todos deben tener claro que su principal adversario no es China si no que el sistema político que Beijing ha promovido por décadas. Nadie duda que el Pacífico tenga grandes potencialidades de crecimiento, sobre todo en un ámbito de profunda libertad económica que recorre la región. Sin embargo, cualquier medición de la calidad de la democracia, la fortaleza del estado de derecho y en la protección de los derechos humanos mostrará que están muy al debe como región. Ese es el plus que se debe promover.

El terror al islamismo radical u otras formas de extremismo político no se solucionan poniendo a un títere, pues ya está demostrado que tarde o temprano será un traidor, especialmente cuando los dictadores pierden conciencia del peso real que tienen en la escena internacional. Quizás si la verdadera expiación de los pecados de Occidente vendrá por predicar con el ejemplo. Con el mayor de los respetos hacia la milenaria cultura china, en estos aspectos y a pesar de todas las tropelías cometidas en su nombre, prefiero a Estados Unidos en la región, pero esta vez sin dictadores ni criminales apoyados y/o tolerados a control remoto.



Foto Freedom House 2 Flickr © creative commons

 

 

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