Quienes defienden el valor de la competencia como eje organizador de nuestras vidas, le confieren la potencialidad de operar como un importante estímulo, que define y genera metas deseables y que nos motiva a poner en juego nuestra máxima capacidad intelectual, profesional, artística, deportiva y un largo etc.
Así, se propone que las naciones compitan comercialmente, que las empresas compitan en mercados y licitaciones, que los deportistas compitan al máximo nivel posible, que nuestra cultura, como la de otros países, se transforme en un producto competitivo en el esquema global, que nuestro sistema educativo compita con los sistemas educativos de todo el mundo, en especial, con el de aquellos países a los que mejor les va.
También, y con la seguridad que emana de los éxitos logrados por ellos mismos, los defensores de la competencia la proponen como un factor clave para el desarrollo interno del sistema educativo. Proponen que las escuelas salgan al ruedo a competir entre ellas, haciendo pública información clave para que los apoderados puedan escoger a la escuela ganadora de su confianza. Y también, los más creyentes, proponen que los alumnos sean motivados a estudiar utilizando la competencia como factor.
Los defensores de la competencia a ultranza, en suma, priorizan los resultados ante todo. Si el resultado es bueno, y las reglas se cumplieron, el objetivo esta alcanzado. Y agregan que su propuesta es simple, fácil de entender y de aplicar. Los detractores de esta corriente, por su lado, explican que si bien la competencia tiene un efecto motivador innegable, aplicada por sí sola, no considera factores claves para el desarrollo armónico de un individuo, de un grupo, de un país o de la humanidad completa. Dicen que la competencia apura procesos, simplifica excesivamente los problemas a resolver y genera una enorme masa de perdedores para los que no ofrece ayuda ni soluciones. Abogan por un proceso que contemple la diversidad de necesidades, la responsabilidad individual, comunitaria y global por los distintos, los que perderían en la competencia pura y dura, pero ganarían desarrollo, habilidades y un lugar en el mundo si se aplicaran reglas más amplias y recibieran la asistencia adecuada.
Basados en nuestra experiencia en educación formal e informal, pensamos que esta polémica polaridad es artificial e inconducente. La competencia pura y dura debería tener un lugar en nuestro proceso educativo, allí donde se cumplen los requisitos que hacen que sea necesaria fuera de el. Por ejemplo, allí donde se debe tomar una decisión distributiva de becas, cupos o premios y, por el momento no exista solución mejor. O como factor de socialización y evaluación de conocimientos, habilidades y destrezas. Nada como una competencia deportiva para saber qué tan bien juega uno o qué necesita seguir aprendiendo o practicando.
Pero la competencia por sí sola no nos ayuda a pensar procesos inclusivos, a tenerle paciencia a los más rezagados, a hacernos cargo del día después de los derrotados, pero también de los ganadores. Bien dicen que la derrota enseña más que el éxito. Pero para que enseñe tiene que haber contención, reconocimiento, autocrítica, pedagogía, motivación. Y allí, los ganadores tienen mucha responsabilidad.
La primera, entender humildemente que son transitoriamente ganadores, porque el triunfo es un instante, pero el proceso del desarrollo personal es largo, sinuoso y cambiante y mañana estarán del lado de los perdedores. Del olvido de este simple hecho surgen fenómenos sociales muy complejos, siendo el más pernicioso la deshumanización del derrotado. Y aunque puede que se tarde, el precio por este error se termina por pagar tan alto como lo sea el esfuerzo de denegación del adversario.
La segunda, es ayudar en el esfuerzo de los derrotados por aprender aquello que los ayude a, eventualmente, mejorar su capacidad competitiva. De esa manera, en el largo y mediano plazo, la competencia se enriquece, y con ella, cada participante, aumentando el valor de la satisfacción de ganar, pero también el aprendizaje social general, enriqueciendo con ello, la vida de todo el mundo.
Y la tercera, es recordar que, independientemente de la satisfacción por los logros competitivos, hay cosas valiosas que dan sentido a la vida, que no se pueden obtener compitiendo. La mirada amorosa de un niño, la mirada agradecida de nuestro padre enfermo, o nuestra propia mirada emocionada, cuando el natural desenvolvimiento de la vida nos vaya quitando capacidades competitivas y aun así, seamos tratados con amor y dignidad por nuestros semejantes.
(*) Marcelo Lewkowes director de ORT
Foto Tamsin Slater Flickr © creative commons
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