(a) Quedará estrictamente prohibido realizar, en cualquier reunión social, brindis de más de 10 segundos, so pena de extrañamiento, para desincentivar el abuso de alcohol. Asimismo, se podrá alzar la copa hasta tres veces por evento.
(b) En las fiestas de matrimonio los invitados no podrán bailar con la novia más de ocho compases consecutivos, para así evitar posibles ataques de celo del novel marido. Se incluye, especialmente, a los primos lejanos.
(c) Será sancionado con un golpe de fusta cualquier individuo que ose ingresar a una medialuna con chupalla o sombrero, para no desconcentrar a los asistentes al rodeo. En caso de usar poncho, no podrá tener más de tres colores, los que deberán combinar entre sí. Se excluyen aquellos tejidos con punto jersey.
(d) Los asistentes a un partido de fútbol tendrán estrictamente prohibido ponerse de pie durante el transcurso de un partido de fútbol, para así hacer del estadio un lugar más seguro para todos.
De la sarta de tonteras de los párrafos anteriores, todas igualmente ridículas e inverosímiles, increíblemente hay una que es verdad. Sí. La opción (d) es una realidad. En el marco del programa Estadio Seguro que implementa el Ministerio del Interior acá en Macondo, ponerse de pie durante un partido de fútbol es una prohibición más, puesta al mismo nivel que arrojar objetos a la cancha, pelear o entrar curado. En serio. Mire.
Miopía en su más pura expresión. El fútbol es pasión, es calor, es ímpetu. Es adrenalina, nervios, impulsividad. Prohibir ponerse de pie es, además de no entender nada, ir en contra del espíritu del fútbol y del deporte. El problema de violencia en los estadios no está ligado a quienes están de pie, sentados, cantan o hacen la ola. No nos hagan creer que un listado de normas, por muy idiotas que sean, sanearán los estadios. El problema es de fondo. El problema es histórico. El problema es que nunca ha existido real voluntad de solucionarlo. Ni por los políticos oportunistas que claman a los cuatro vientos por extirpar a los violentistas, cuando en época de campaña contratan a los mismos delincuentes para que peguen sus sonrientes carteles. Menos por los dirigentes, cómplices históricos del empoderamiento de los violentos, ya sea por acción u omisión.
Un paso adelante real sería que efectivamente los clubes que mantengan una relación con las barras -por “tenue y lateral que ésta pudiera ser”, en palabras de Sergio Jadue- fueran castigados deportiva y económicamente. ¿El problema? Son los mismos dirigentes -inversionistas- de los clubes -empresas- quienes deben votar por este tipo de iniciativas. Jueces y parte, en el peor sentido de la palabra.
En todo el mundo proliferan los estadios sin rejas, donde los hinchas están a dos metros de los jugadores. En el corazón de Europa, hay países -como Alemania- donde está permitido entrar con bombos y banderas. En Estados Unidos, la cerveza corre generosa entre los forofos. ¿Y acá? Los tontitos de siempre arrojan bengalas a la cancha, se pelean fuera y dentro de la galería y hacen imposible que el fútbol sea un espectáculo familiar. Pese a las rejas y a la ley seca. ¿Ayudará prohibir expresamente arrojar objetos al campo de juego? ¿O que entren beodos al estadio? Claro. El problema es que estas normas ya existen, y no se necesita de carteles para hacerlo exigir. ¿Ayudará a extirpar la violencia prohibir que el público se ponga de pie? Creo que no. Perdón, estoy seguro que no. Es más. ¡Convénzame que es una norma bien pensada! Muéstrenme los estudios sociológicos y de seguridad pública donde se demuestra científicamente la relación entre que un padre y sus hijos salten como un resorte ante una llegada de su equipo al arco rival y no puedan sentarse hasta que sea gol o que la pelota se pierda en la línea de fondo, y el tirar bengalas al arquero rival. Si existen, me como mis palabras y seré el primero en reconocer que el miope soy yo -hipermétrope en mi caso- y que vamos por el camino correcto.
No es así. Tapar el sol con un dedo es un facilismo que no ayuda. Al contrario, dificulta más la búsqueda de soluciones reales a la violencia enquistada en nuestro fútbol, ya que todo esfuerzo, por muy bienintencionado que sea, pierde toda seriedad al incorporar normas ridículas que hacen desviar la atención y comprender que, lamentablemente, quienes están detrás de esto o no entienden nada o no están capacitados para lo que están haciendo, y no sé cuál alternativa es peor.
La violencia en el fútbol no desaparece llevándose presos a quienes estén parados en el estadio. Tampoco haciendo vista gorda de los evidentes vínculos de los políticos y dirigentes con los verdaderos violentistas. Es hora de abrir los ojos. Es hora de atacar el problema de fondo y no dictar reglas a todas luces inútiles para solucionar un problema real. No es un desafío a la autoridad, es simplemente darnos cuenta de que las cosas no se están haciendo bien. Al menos yo, como el gran Pietro, simplemente me pongo de pie. |