He estado cómodo muchas veces en mi vida, cómodo escribiendo fantasía, cómodo escribiendo guiones, cómodo escribiendo en primera persona, cómodo como pareja. Todo lo que nombré, en un momento u otro, llegó a un punto de crisis, todo llegó a un final. La permanencia no es un estado natural de la vida, la crisis sí lo es. Estas son reflexiones que me hago al menos cada 72 horas para mantenerlas vivas, para saberme en movimiento.
Pero dejemos la reflexión para otra columna, esto es una historia, bueno, más o menos: sabía bien que esa mañana era diferente. Me sentía extraño, agotado. Me había quedado escribiendo hasta las tres y media, no una tremenda hora de la noche, pero si pensamos que el reloj marcaba las siete, pues, podemos entender por qué mi cuerpo se sentía en un estado de martirio profundo. Además me había dormido tomado un par de tragos de gin mezclados con seven up, no sprite, no pregunten por qué. Sumemos a eso que estaba, por esos accidentes de la vida, sin mis lentes, los que necesito de verdad.
¿Qué había estado haciendo? Pues básicamente terminado la presentación de dos propuestas narrativas para trabajar el 2012. Una de ellas, la continuación del viaje por Bajo Raíz, La Delirante Compañía de los Sueños, la que terminaría en los meses siguientes a este incidente. La otra propuesta, se llama SOYA, un viaje más raro que comencé en la época de la aventura vía Facebook de Las Bestias.
Llevé otras propuestas, igual de seguras que la primera, preparado para el rechazo que yo creía que iba a tener SOYA. Hay que decirlo, en el primer libro tenía toda mi fe, había mucho amor en el universo de Bajo Raíz, me lo sé de memoria, amo sus calles, sus campos, sus torres y su política. El editor lo quiso y todos fuimos felices. Haré una columna sobre ese texto y los espero en su lanzamiento durante la Feria del Libro Infantil y Juvenil.
Pero mi editor, que es a veces más valiente que yo, levantó la mirada y en vez de quedarse tranquilo me pregunta: ¿para cuándo puedes tener SOYA? En ese momento fue un gran signo de interrogación. No es que no quisiera esa historia, pero pensaba que era quizás demasiado pasada para la punta, demasiado experimental o cínica. Nada, cuernos. Le dije mis plazos y me fui.
Lentamente, entre pegas, comencé a reescribir. Me estaba adentrando en mis espacios de incomodidad. Unos meses después, me llega otro llamado curioso. Estaba todo complicado, varias crisis andando y una novela bien rara sobre mi cabeza. Eran los niños que habían participado en la grabación del tráiler de las Bestias y querían saber del proyecto. No, no querían saber, exigían saber. Les conté y con algunos me pude juntar incluso. Paso a paso me di cuenta que esta pequeña y extraña historia era tan suya como mía. La forma de narrar fragmentada, los saltos de personajes, los monstruos que son tan ficticios como reales, eran suyos y no míos. Me doy cuenta de que estaba siendo usado como un médium o peor, como mouse o un lápiz. Estaba incomodo porque estaba habitando espacios que si bien eran míos, aún compartía con otros. Estaba visitando con una sonrisa un universo oscuro. Es verdad, pero esta es una historia que va de ser un adolescente consiente, despierto en un mundo filoso y bien hijo de puta. No sé cuando saldrá esta novela, pero es un honor para mí ser invitado a este viaje saltón y golpeado.
Los jóvenes son la amenaza final contra la comodidad, mientras sean honestos, incluso en sus engaños, mientras no sean mascados por los viejos. Para ellos va este viaje a mi incomodidad, los dejo con un video que es de ellos y para ellos.
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