Hace dos domingos salí a almorzar con mi familia. Estábamos en nuestra mesa, cuando de pronto comenzamos a sentir las vocecitas de niños, sentados al lado de nuestro, pidiendo casi a gritos e insistentemente: “IPad, IPad, IPad”. Me llamó la atención, porque era una petición con cierto dejo de berrinche de niño mal criado. La madre de estos niños, de no más de cuatro años, le entrego a cada uno el tan demandado Ipad y se produjo un silencio. Los niños estaban felices y entretenidos y la madre tranquila.
Tengo dos hijos grandes, de 21 y 24 años, una situación acomodada, aunque no siempre fue así. Y no sé si es un tema generacional o un problema de la sociedad en la que vivimos, pero yo no crié a mis hijos dándole el gusto en todo, menos para que me dejaran tranquila y se callaran.
Ayer fui al dentista, y éste me comentó que su hija mayor, de dos años, tiene un IPhone y un Ipad y el menor, de meses, también tiene un Ipad. Me contaba, con mucho orgullo y chochera, lo bien que se manejan sus hijos con estos aparatos. No tengo nada en contra de la tecnología, muy por el contrario, me encanta. El tema es otro. Cuando fui madre, no existían manuales ni guías de como educar y criar a nuestros hijos, y si no me equivoco aun no los hay. Nadie nos enseña a ser padres, y por Dios que no es una tarea fácil. Y no digo difícil, porque cuando hay amor, entrega, dedicación, tolerancia, paciencia y respeto, como en cualquier otro rol que desempeñemos en nuestras vidas, se puede.
En la sociedad en que vivimos: acelerada, consumista, trabajólica y competitiva, no es de extrañarse que ocurran casos como los descritos. Los padres de hoy, jóvenes profesionales, dedican tiempo y esfuerzo a tratar de ser exitosos, entendiendo el éxito como tener un buen trabajo, reconocido y bien remunerado, tener aquellos bienes “básicos” que todos hoy por hoy debiéramos tener, como televisores, autos nuevos, celulares último modelo, el aparato tecnológico de moda. En fin, todo aquello por lo cual la sociedad nos da cierto estatus y nos proporciona reconocimiento publico y, por consiguiente, felicidad. Entonces, como no querer que nuestros hijos tengan también todo aquello, y mientras antes mejor.
¿De esto no se trata ser buen padre?, ¿de darle a nuestros hijos, lo mejor, mas de lo que nosotros mismos tuvimos?, ¿de entregarles las herramientas necesarias para que crezcan felices y puedan ser a futuro grandes personas? Si claro, de eso se trata, sin embargo creo que en el camino se nos enredaron o confundieron las prioridades. Sé que cada uno educa y cría a sus hijos como mejor estime conveniente, no soy yo la mejor madre ni la que tiene la verdad absoluta, por lo tanto mis palabras están basadas en mi experiencia personal en este rol tan maravilloso, pero a la vez tan complejo.
Entiendo y respeto cualquier otra postura o forma de pensar distinta a la mía. No voy a escribir el manual de como ser mejores padres, seria poco respetuoso y arrogante de mí parte. Pero me pregunto, hasta qué punto consentir a nuestros hijos es bueno para ellos, donde está el límite, cuándo y en qué momento debemos decirles NO. Cuan confundidos podemos estar, entre entregarles o consentirlos por satisfacerlos a ellos o a nosotros mismos. Y aquí viene otro problema, hasta que punto superponemos nuestro egoísmo personal por el bienestar general de nuestros pequeños. En cuántas ocasiones no nos ha pasado que hemos tenido que batallar con algún berrinche de nuestros pequeños. Y créanme que muchas veces estuve tentada de caer en este jueguito, no solo por la comodidad de lo que significaba que se callaran y me dejaran tranquila por un ratito, sino por que ellos eran felices con eso.
Recuerdo que cuando aun eran pequeños, retomé mis estudios universitarios. Hasta ese momento había sido mama tiempo completo, y cuando esto ocurrió sentí culpa y pena por dedicarles menos tiempo. Entonces sin querer, cargando con mi sentimiento de culpa, comencé cada tarde, cuando llegaba a mi casa, a llevarles un “engañito”. En un principio no pasó nada, mis niños me seguían recibiendo con abracitos, cariños, besos, y preguntándome cómo me había ido. No pasaron más de dos semanas con esta rutina, cuando un día llegué sin nada y se produjo el problema; mis niños, amorositos, tiernos y regalones, me preguntaron por qué no les hab+ia traído nada, les expliqué que la mama no pudo por tiempo o por plata, ya no lo recuerdo bien, pero ahí quedo el tema, por lo menos para ellos. Pero para mí fue un tema que comenzó a dar vueltas en mi cabeza, cómo estaba yo tratando de suplir un tiempo compartido con mis hijos, que era único. Además si eso seguía así, se iban a acostumbrar y después no solo me lo iban a pedir sino a exigir. Fue entonces que decidí no llegar con nada más y, créanme, no ocurrió nada.
El tiempo paso, y no me conformé con ser media mamá, media estudiante, media esposa, porque aunque puse el máximo de esfuerzo en cada rol, y no me iba mal, no me sentía conforme. Y en una conversación bien pensada y conversada con mi marido y mis niños, decidí dejar los estudios y retomar mi rol de 100% mamá. Han pasado varios años, y recopilando como he sido como madre, puedo decir que tal ves no sea la mejor ni la peor, pero he tratado y he puesto todo mi esfuerzo en que ellos sean felices, y no con cosas materiales sino sintonizando sus necesidades con las mías y de mi marido, reforzando sus capacidades, apoyándolos casi incondicionalmente, y digo casi, porque siguen sin ser niños consentidos, que han aprendido el valor de las cosas, a respetar a los demás. He respetado sus metros cuadrados, he sido oreja y tumba, mamá y amiga y a ratos un tanto bruja y aprensiva. No digo que haya sido fácil, pero si muy gratificante.
Hoy, que ya son adultos creo, sin ser pedante, que lo hice bastante bien. Mi balance al día de hoy es absolutamente positivo y plenamente satisfactorio. Ser padres no es algo fácil, pero tampoco es lo mas difícil del mundo, hay que seguir creyendo el valor de lo que le entregamos a nuestros hijos no radica en lo material, sino en lo emocional, porque podrán pedirnos el oro y el moro, pero somos nosotros los que debemos saber poner los limites. Podrá haber muchos sicólogos o sicopedagogos que nos ayuden en esta terea de ser padres, pero es una ayuda, no está en manos de ellos, ni del colegio, ni de las nanas entregar a nuestros hijos las herramientas para que sean grandes personas y felices. Jamás olvidemos que esa es nuestra labor, y a veces basta simplemente con estar al lado de ellos.
Por Carmen Torres
Foto Romana Klee Flickr © creative commons
|